La importancia de cuidar lo que nuestros jóvenes ven y escuchan

En muchas de las charlas que imparto a jóvenes suelo plantearles una pregunta muy sencilla:

—¿Os comeríais un alimento en mal estado?

La respuesta es inmediata. Nadie lo haría de forma consciente. Todos comprenden que aquello que introducimos en nuestro cuerpo puede ayudarnos a crecer, darnos energía o, por el contrario, hacernos daño.

Desde pequeños aprendemos a cuidar lo que comemos. Revisamos las fechas de caducidad, observamos el aspecto de los alimentos y tratamos de evitar aquello que sabemos que no es saludable.

Sin embargo, pocas veces prestamos la misma atención a lo que entra en nosotros a través de los ojos y de los oídos.

Las series que vemos.
Los vídeos que compartimos.
Las películas que admiramos.
Las canciones que repetimos.
Las imágenes que aparecen constantemente en nuestras pantallas.

Todo ello también nos alimenta.

No alimenta nuestro cuerpo, pero sí nuestra imaginación, nuestras emociones y la manera en la que vamos aprendiendo a interpretar el mundo.

Aquello que se repite deja de sorprendernos

Vivimos rodeados de contenido audiovisual.

Los jóvenes pasan una parte importante de su tiempo viendo vídeos breves, escuchando música, siguiendo a creadores, jugando, consumiendo series o desplazándose por redes sociales en las que una imagen da paso a la siguiente sin apenas tiempo para pensar.

El problema no es únicamente la cantidad de contenido que reciben. También importa el tipo de mensajes que aparecen una y otra vez ante ellos.

Escenas de violencia presentadas como entretenimiento.

Humillaciones convertidas en bromas.

Relaciones basadas en los celos, el control o la posesión que se describen como apasionadas.

Letras de canciones en las que las mujeres aparecen tratadas como objetos, premios o cuerpos disponibles.

Vídeos con un contenido sexual cada vez más explícito, consumidos a edades en las que todavía se está construyendo la forma de entender el afecto, la intimidad y el respeto.

Cuando estos mensajes aparecen de manera constante, corremos el riesgo de dejar de percibirlos como algo preocupante.

No porque hayamos decidido que son correctos, sino porque nos hemos acostumbrado a verlos.

Y aquello a lo que nos acostumbramos termina perdiendo parte de su capacidad para incomodarnos.

Cuando la violencia se convierte en espectáculo

La violencia forma parte de muchas historias. Esto no significa que toda película, serie o videojuego que la contenga sea necesariamente perjudicial. El contexto, la edad, la intención de la obra y la manera en que se presenta son importantes.

Pero debemos preguntarnos qué ocurre cuando la violencia aparece de forma continua, vacía de consecuencias y convertida únicamente en diversión.

Personajes que resuelven cada conflicto golpeando.

Héroes cuya fuerza se demuestra destruyendo al adversario.

Humillaciones que provocan risas.

Agresiones que apenas dejan huella en quienes las sufren.

Personas eliminadas de una pantalla para que la partida pueda continuar.

El riesgo no está en que un joven contemple una escena violenta y la reproduzca automáticamente. La realidad no funciona de una manera tan simple.

El riesgo aparece cuando la exposición constante reduce nuestra sensibilidad ante el dolor ajeno y nos presenta la agresividad como una respuesta habitual, eficaz o incluso admirable.

Si la violencia siempre está acompañada de música, espectáculo y reconocimiento, pero rara vez de sufrimiento, reparación o responsabilidad, podemos terminar construyendo una visión incompleta de sus consecuencias.

Por eso no basta con preguntarles qué están viendo.

También debemos preguntarles qué interpretación están haciendo de lo que ven.

El desprecio hacia las mujeres también se aprende

Me preocupa especialmente la forma en la que muchos contenidos representan a las mujeres.

En canciones, vídeos, series y publicaciones encontramos con frecuencia mensajes que reducen su valor a su apariencia física o a su disponibilidad sexual.

A veces se las presenta como objetos que pueden poseerse.

Otras veces se romantizan los celos, la vigilancia o el control.

Se confunde insistencia con amor.

Posesión con compromiso.

Dominación con seguridad.

Y desprecio con una supuesta forma de fortaleza.

Muchos de estos mensajes se esconden detrás de un ritmo atractivo, una estética cuidada o una historia aparentemente romántica. Por eso pueden pasar inadvertidos.

Cantamos frases que nunca aceptaríamos que alguien dirigiera a nuestra hija.

Compartimos escenas que nos incomodarían si ocurrieran en una relación cercana.

Bailamos canciones cuyas palabras, al ser leídas sin música, expresan humillación, cosificación o violencia.

No se trata de demonizar toda la música actual ni de afirmar que antes todo era mejor. En todas las épocas han existido mensajes dañinos.

La diferencia es que hoy esos mensajes llegan con una intensidad, una frecuencia y una facilidad de acceso que no habíamos conocido antes.

Están presentes durante todo el día.

En el teléfono.

En la música que escuchan.

En el televisor, en la publicidad…

En las tendencias que se repiten hasta convertirse en parte del lenguaje cotidiano.

Por eso resulta tan importante enseñar a detectar aquello que una melodía agradable o una imagen atractiva pueden estar ocultando.

Escuchar las palabras sin la música

En alguna ocasión he propuesto en el aula un ejercicio sencillo.

Les pido que escojan una canción que esté de moda. Una que conozcan bien y que hayan escuchado muchas veces.

Primero la oímos como suelen hacerlo: con su ritmo, su producción y la voz del artista.

Después retiramos la música y leemos únicamente la letra.

Ese cambio modifica por completo la experiencia.

Las palabras ya no están protegidas por la melodía. El mensaje queda expuesto y podemos observarlo con más calma.

Entonces les pregunto:

¿Qué tipo de relación está describiendo?

¿Cómo habla de la otra persona?

¿Hay respeto?

¿Existe libertad?

¿Habla de amor o de posesión?

¿Cómo representa a las mujeres?

¿Aceptaríamos que alguien se dirigiera así a una persona que queremos?

En ese momento suelen aparecer miradas diferentes. Frases que habían repetido de memoria comienzan a sonarles de otra manera.

Ese es el objetivo.

No decirles qué deben pensar.

Ayudarles a pensar.

No prohibirles automáticamente una canción.

Enseñarles a escucharla con conciencia.

Porque podemos conocer una letra completa sin habernos detenido nunca a comprender lo que dice.

Prohibir no es suficiente

Ante determinados contenidos, los adultos sentimos a veces la tentación de responder únicamente con la prohibición.

Es comprensible. Queremos proteger.

Pero llegará un momento en el que no estaremos junto a ellos para decidir qué pueden ver, qué deben escuchar o qué contenido tienen que rechazar.

Por eso, además de establecer límites adecuados a su edad, necesitamos educar su criterio.

Enseñarles a preguntarse:

¿Quién ha creado este contenido y con qué intención?

¿Qué modelo de relación presenta?

¿Qué emociones intenta provocarme?

¿Trata a las personas con dignidad?

¿Convierte el dolor ajeno en diversión?

¿Me ayuda a construir una mirada más humana o me acostumbra al desprecio?

¿Estoy eligiendo lo que consumo o simplemente aceptando lo que la plataforma coloca delante de mí?

Desarrollar criterio no significa vivir desconfiando de todo.

Significa aprender a no recibir cualquier mensaje de manera pasiva.

Los adultos también debemos mirar

Es fácil responsabilizar únicamente a los jóvenes.

Decir que pasan demasiado tiempo frente a las pantallas, que escuchan canciones inadecuadas o que siguen modelos que no comprendemos.

Pero también deberíamos preguntarnos cuánto conocemos realmente aquello que consumen.

¿Sabemos qué series ven?

¿Hemos escuchado las canciones que suenan en sus auriculares?

¿Conocemos a las personas que siguen?

¿Hablamos con ellos sobre lo que aparece en sus pantallas o solo intervenimos cuando descubrimos algo que nos alarma?

Acompañar no consiste en espiar cada paso ni en convertir la convivencia en una vigilancia permanente.

Consiste en estar disponibles.

En interesarnos sin ridiculizar sus gustos.

En mirar juntos.

En escuchar antes de juzgar.

En crear un espacio en el que puedan expresar dudas sin miedo a recibir inmediatamente un castigo o una reprimenda.

Cuando los adultos desaparecemos de estas conversaciones, otros mensajes ocupan nuestro lugar.

Cuidar también es enseñar a mirar

Cuidar a nuestros hijos no consiste únicamente en procurar que se alimenten bien, que duerman lo suficiente o que eviten determinadas sustancias.

También significa prestar atención a aquello que alimenta su mundo interior.

Las imágenes que observan cada día.

Las palabras que repiten.

Los modelos de relación que admiran.

Las ideas sobre el cuerpo que van incorporando.

La forma en la que aprenden a entender el amor, el deseo, la fuerza, la masculinidad, la feminidad y el respeto.

No podemos apartarlos por completo del mundo audiovisual en el que viven.

Tampoco sería deseable educarlos desde el miedo.

Pero sí podemos ayudarlos a no confundir lo frecuente con lo saludable, lo popular con lo valioso o lo atractivo con lo respetuoso.

Podemos enseñarles que no todo lo que entretiene los hace crecer.

Que una imagen puede parecer inofensiva y, sin embargo, transmitir una forma de mirar a los demás.

Que una canción puede tener un ritmo que les guste y contener un mensaje que merezca ser cuestionado.

Que una historia puede emocionarlos y, al mismo tiempo, normalizar comportamientos que nunca deberían aceptar en su propia vida.

Porque también somos, en parte, aquello que contemplamos, aquello que escuchamos y aquello que permitimos que se repita dentro de nosotros.

Cuidamos con atención lo que ponemos en nuestro plato.

Quizá haya llegado el momento de cuidar con la misma responsabilidad lo que dejamos entrar por nuestros ojos y nuestros oídos.

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